Desde pequeño, cuando a Ricardo le preguntaban qué quería ser de grande, su puesta sorprendía: «quiero ser presidente». Para él, esa idea no era un simple juego infantil, sino la visión de que liderar significaba ayudar a las personas y cambiar realidades. Con los años comprendió que el verdadero servicio público no depende de un cargo específico, sino de una responsabilidad permanente con la sociedad.

Las experiencias que marcaron su vida nacieron de escuchar de cerca las necesidades de la gente, de observar sus preocupaciones y entender que las acciones individuales pueden transformar entornos completos. Esa convicción lo impulsa día a día: servir no es un privilegio, es un compromiso que exige vocación constancia y resultados.
Como cualquier ser humano, Ricardo también enfrenta momentos de cansancio desánimo. Pero cuando llega esa sensación, recuerda una frase del gobernador hidalguense: «este es un cargo temporal y cada minuto, cada hora, cada día cuenta, porque es un día menos». Con esa idea, en lugar de ver el trabajo como una carga, lo transforma en motivación: aprovechar cada instante para dar lo mejor y poder mirar atrás con la satisfacción de haberlo entregado todo.
Cuando le preguntamos qué mensaje daría a quienes no lo conocen, su respuesta es clara y directa: «Hay que ser personas de hechos y no solo de palabras». Ricardo cree firmemente que los sueños y las ideas no se concretan en la planeación infinita, sino en el momento en que alguien se atreve a dar el primer paso.
«Si vas a construir un edificio, no te quedes imaginando los planos: coloca la primera piedra. Después podrás seguir ajustando y mejorando, pero lo importante es empezar»
afirma con entusiasmo

Ese es el llamado que comparte con los jóvenes y con toda persona que quiera marcar la diferencia: dejar de esperar el momento perfecto y lanzarse a la acción. Porque al final, lo que transforma al mundo no son las buenas intenciones, sino los hechos que se convierten en cambios reales.